Me hicieron llegar una publicación del detractor y falso maestro Fernando Mata, la cual es sumamente indignante para quienes conocemos sus detracciones, mentiras y apostasía, las cuales han sido documentadas por él mismo. Ninguna de sus declaraciones mentirosas, falsas y heréticas ha sido inventada por nosotros, sino que han sido declaradas y ejercidas por él mismo. Lo más patético, es que fue él mismo quien publicó a los cuatro vientos toda su maldad y veneno, todo lo cual ha querido ocultar, pero que afortunadamente tenemos en nuestro poder. Y no, no estamos hablando de actos pecaminosos por los cuales haya pedido perdón, sino de pecados que sigue arrastrando por su contumacia, por lo que, esta “conciencia tranquila”, no es otra cosa que un ejemplo de lo que es tener la conciencia cauterizada. Sí, tal conciencia está “tranquila”, pero lo está porque ya ha perdido la sensibilidad ante el pecado que se comete, se practica y se mantiene. Así que, entendamos esto, una cosa es tener la conciencia tranquila, y otra cosa es tener la conciencia limpia (cfr. 1 Timoteo 3:9; 2 Timoteo 1:3)
El detractor y falso maestro Fernando, dice que tiene la conciencia tranquila, y cita a Pablo, a Jeremías, a Ezequiel, al mismo Señor Jesucristo, como si la sola mención de esos nombres bastara para absolverse, pero la conciencia no se limpia con retórica, ni se santifica con versículos aislados aplicados a uno mismo mientras se ignoran los pecados concretos que lleva cargando sobre su cabeza.
La conciencia bíblica no es una sensación subjetiva de paz interior, es un testimonio ajustado a la verdad. Pablo pudo decir que tenía buena conciencia porque no vivía en la práctica de la mentira ni de la difamación (cfr. Hechos 23:1). También afirmó que procuraba tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres (cfr. Hechos 24:16). Observe el orden. Ante Dios y ante los hombres. No basta con decir, “yo lo hice para el Señor” mientras se difama el nombre del prójimo con acusaciones que no han sido probadas, ni retractadas, ni corregidas.
Dice que no busca agradar a los hombres, y cita Gálatas 1:10, pero ese texto no es un escudo para justificar falsedades. Pablo allí defiende la pureza del evangelio frente a quienes lo adulteraban. Si el detractor va a citarlo, entonces no tendrá problema en demostrar que las acciones que ha llevado a cabo contra el evangelio, contra hermanos y contra mí, han sido parte de una defensa fiel del evangelio y no de una cadena de imputaciones sin sustento. Porque si afirmó, por ejemplo, que yo borré un documento para ocultarlo de la vista de la hermandad y por estarme haciendo daño, entonces debe probarlo. Si dijo que lo borré porque me estaba dañando, debe probarlo. Si aseguró que lo hice para esconderlo de la hermandad, debe probarlo. Si participó en la mentira de que estafé con mil dólares, debe probarlo. Y esto, por mencionar algunos ejemplos. Pero, si no puede probar ninguna de sus difamaciones y palabrerías que ha declarado en contra de mi persona y fe, entonces no está sufriendo por fidelidad, está incurriendo en falso testimonio, y el mandamiento del Señor no es nada ambiguo cuando dijo, “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” (cfr. Éxodo 20:16).
Dice que el juicio definitivo pertenece al Señor, citando 1 Corintios 4:3 al 4, pero Pablo en ese contexto no estaba diciendo que nadie podía examinar su conducta posterior. Él mismo ordenó que los ancianos fueran reprendidos delante de todos cuando persistían en pecado (cfr. 1 Timoteo 5:20). También mandó a examinarlo todo (1 Tesalonicenses 5:21). La apelación al tribunal final no anula la responsabilidad actual. Si ha levantado acusaciones públicas, hoy debe responder por ellas. No puede refugiarse en el futuro juicio de Cristo para evitar el examen presente de sus palabras.
Dice que ha sido criticado cuando debate y cuando no debate, cuando enseña fuerte y cuando suaviza el tono, y presenta eso como si toda oposición fuese prueba de fidelidad. Pero la Escritura no enseña que toda crítica sea persecución. A veces la crítica es corrección legítima. La Biblia dice, “Fieles son las heridas del que ama” (cfr. Proverbios 27:6). Si la oposición fuese automáticamente sello de aprobación divina, entonces también los falsos maestros podrían reclamar ese mérito, porque ellos también son resistidos. La cuestión no es si eres criticado, sino si las críticas son verdaderas. Y por mi parte, he probado cada una de ellas, y cuando tenga el valor de confrontarlas, estoy listo para seguir demostrándolas.
Ahora vayamos a los hechos concretos que pesan sobre su conciencia. Ha afirmado que yo borré documentos para ocultarlos. Ha dicho que los borré porque me dañaban. Ha dicho que los oculté de la hermandad. Ha participado en la difusión de la acusación de que estafé mil dólares. Ha afirmado que Bill H. Reeves me cortó comunión por asociarme con Luis Barros. Ha dicho que solapé pecados de acoso sexual e inmoralidad. Ha murmurado que amenacé con llevar a alguien a las autoridades civiles. Ha dicho que monetizo videos, que gano dinero con su nombre, que pagué una página web exclusivamente para hablar de él. Ha dicho que afirmo que el Nuevo Testamento enseña que un no cristiano puede y debe bautizar, cuando esa proposición no es la que yo sostengo. Ha dicho que no quiero debatir públicamente, cuando las capturas muestran que fui yo quien envió proposiciones para debatir públicamente, y últimamente puse a su disposición los enlaces para videollamada, y fui quien dijo, “ahora mismo”. Él fue quien se negó.
Cada una de esas afirmaciones tiene peso moral. No son opiniones sobre estilo ministerial. Son acusaciones concretas. Y la Biblia no trata la difamación como un detalle menor. La Biblia dice, “No andarás chismeando entre tu pueblo” (cfr. Levítico 19:16). “El que encubre el odio es de labios mentirosos; y el que propaga calumnia es necio” (cfr. Proverbios 10:18). “Habiendo dejado la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo” (cfr. Efesios 4:25). Si ha dicho cosas que no puede probar, su conciencia no está limpia por mucho que cite a Jeremías.
También habla de fidelidad como si la perseverancia en una postura bastara para declararla correcta. Pero la contumacia en el error no es virtud. Si ha promovido la doctrina de que el Nuevo Testamento enseña que es “un cristiano quien puede y debe bautizar como requisito para la salvación”, y no puede mostrar libro, capítulo y versículo donde esa restricción sea establecida, entonces no está defendiendo la gloria de Dios, está añadiendo a la doctrina de Cristo. Y la advertencia es severa, pues “Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema” (cfr. Gálatas 1:9). No basta con decir que lo hace “para el Señor”. Debe ser conforme a lo que el Señor reveló.
Dice que al final no imagina una multitud evaluando su desempeño, sino al Señor diciendo: “bien, buen siervo y fiel” (Mateo 25:21). Esa escena es solemne, pero también es temible, porque el mismo Señor que premia la fidelidad condena la injusticia. Él mismo dijo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio (cfr. Mateo 12:36). La conciencia tranquila no se sostiene sobre frases inspiradoras, sino sobre la disposición a retractarse cuando se ha mentido, a corregir cuando se ha difamado, a pedir perdón cuando se ha calumniado.
Si realmente quiere honrar a “uno”, como dice, entonces que honre su mandamiento sobre la verdad. Si realmente quiere hacer todo para la gloria de Dios (cfr. 1 Corintios 10:31), entonces que comience por limpiar el daño público con retractaciones públicas. Si realmente quieres una conciencia limpia, no basta con sentir paz interior. Debe quitar de en medio la mentira, la insinuación y la imputación falsa. La fidelidad no consiste en resistir críticas. Consiste en caminar en la luz, como dijo el apóstol Juan, “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros” (1 Juan 1:7).
La fidelidad no se mide por cuántos le aplauden ni por cuántos le critican. Se mide por si ha hablado verdad o mentira. Se mide por si ha añadido a la doctrina de Cristo o la ha guardado. Se mide por si ha rectificado cuando se le demuestra el error o ha persistido en él. Mientras esas acusaciones permanezcan sin retractación y sin prueba, su conciencia podrá sentirse tranquila, pero no estará conforme a la norma de la Escritura. Y el estándar no es la sensación subjetiva de paz, sino la verdad de Dios que examina lo profundo del corazón.
¿Está listo el detractor y falso maestro Fernando Mata para enfrentar la triste realidad de su pecado, arrepentirse y entonces servir así a Dios con limpia conciencia? Ya lo veremos… Por lo pronto, que no le engañe cuando presume de tener una conciencia “tranquila”.
