En el foro “debates biblicosidc”, Fernando David Cab presentó la siguiente imagen, luego realizó algunos comentarios que considere propios para dar pie a un diálogo con respecto a la tesis que pretendió probar con dicha imagen. He aquí la imagen.
Fernando Cab: ¿Por qué Alexander Campbell buscó a un predicador bautista para que lo bautizara? ¿Es acaso que Alexander Campbell creía que no cualquier persona lo debía bautizar?
El caso de Alexander Campbell refuerza el hecho de que no cualquier persona debe bautizar, observemos dos frases que resaltan en este documento (Le pidió que oficiara el rito del bautismo por inmersion) la palabra (oficiara) tiene mucha importancia aqui,
¿De dónde proviene la palabra “oficiar”?
Viene del latín:officium = “servicio”, “deber”, “función” y del verbo officiare = “cumplir un deber” o “realizar un servicio”
Oficio → viene del latín officium = deber, función, trabajo, servicio.
Oficial → también viene de officium, pero pasó por la idea de: “persona que tiene un oficio o cargo” → y luego: “persona autorizada” → y luego: “algo formal / reconocido”.
Cómo podemos darnos cuenta, Alexander no solo buscó a este hombre, por casualidad, si no porque tenía bien claro lo que representaba, ¿Y que representaba? representaba autoridad espiritual, representaba representante de un servicio, o el encargado de administrar dicho rito, era él quien debían bautizarlo, en pocas palabras Alexander Campbell le dijo a ese predicador bautista (Bautizame tu) (Haz tu el bautismo) el predicador bautista no era un incrédulo ¿Verdad? Era una persona que estaba preparada para realizar dicho rito (como le llama Alexander) era algo serio, público y con orden, necesitaba a alguien que lo supiera hacer, no cualquier persona.
Esto es solo mi opinión, y queda a debate de todos, pero a lo que a mi concierne Alexander Campbell creía que el que lo bautizaría no debía ser cualquier persona, al menos en esta parte de su historia
En el foro “debates biblicosidc”, Fernando David Cab presentó la siguiente imagen, luego realizó algunos comentarios que considere propios para dar pie a un diálogo con respecto a la tesis que pretendió probar con dicha imagen. He aquí la imagen a un costado.
Fernando Cab: ¿Por qué Alexander Campbell buscó a un predicador bautista para que lo bautizara? ¿Es acaso que Alexander Campbell creía que no cualquier persona lo debía bautizar?
El caso de Alexander Campbell refuerza el hecho de que no cualquier persona debe bautizar, observemos dos frases que resaltan en este documento (Le pidió que oficiara el rito del bautismo por inmersion) la palabra (oficiara) tiene mucha importancia aqui,
¿De dónde proviene la palabra “oficiar”?
Viene del latín:officium = “servicio”, “deber”, “función” y del verbo officiare = “cumplir un deber” o “realizar un servicio”
Oficio → viene del latín officium = deber, función, trabajo, servicio.
Oficial → también viene de officium, pero pasó por la idea de: “persona que tiene un oficio o cargo” → y luego: “persona autorizada” → y luego: “algo formal / reconocido”.
Cómo podemos darnos cuenta, Alexander no solo buscó a este hombre, por casualidad, si no porque tenía bien claro lo que representaba, ¿Y que representaba? representaba autoridad espiritual, representaba representante de un servicio, o el encargado de administrar dicho rito, era él quien debían bautizarlo, en pocas palabras Alexander Campbell le dijo a ese predicador bautista (Bautizame tu) (Haz tu el bautismo) el predicador bautista no era un incrédulo ¿Verdad? Era una persona que estaba preparada para realizar dicho rito (como le llama Alexander) era algo serio, público y con orden, necesitaba a alguien que lo supiera hacer, no cualquier persona.
Esto es solo mi opinión, y queda a debate de todos, pero a lo que a mi concierne Alexander Campbell creía que el que lo bautizaría no debía ser cualquier persona, al menos en esta parte de su historia.
Respuesta: Es correcto, Alexander Campbell se hizo bautizar, no por un incrédulo, pero tampoco por un “creyente ordinario”, sino por un “pastor”, por un “predicador”. Luego, si la visión de Campbell es para probar que “no cualquiera puede bautizar”, y luego, no un “incrédulo”, entonces con ese mismo hecho histórico, se demuestra que “no cualquiera puede bautizar”, y luego, no cualquier “creyente” sino un “predicador”. Si “no cualquier persona”, tampoco “no cualquier creyente”, sino un PASTOR, un OBISPO, una persona con autoridad religiosa.
Fernando Cab: Y eso es lo que se viene defendiendo durante mucho tiempo, la persona que efectúa el bautismo, debe ser un creyente, o un predicador, pero no un incrédulo, por eso se ha condenado durante mucho tiempo, la enseñanza de que (cualquiera puede bautizar) incluído los incrédulos, y Alexander es el mejor ejemplo de que el no creía que cualquiera pueda bautizar, de otro modo, hubiera echo que su padre o alguno que estaba con el lo bautizara.
Respuesta: Pero la historia de Campbell no trata de “un creyente”, pues si tuvo cuidado que “alguien” lo hiciera, la historia no dice que buscó “un creyente”, buscó un “predicador”, un “pastor”. Por tanto, si se concluye que el creyente no puede ser bautizado por un no creyente, tampoco lo puede ser por “un creyente”, sino por “un predicador”, o “un pastor”. Este es el detalle donde falla esa doctrina de que Dios manda cierta “clase” de bautizador para validar el bautismo.
Fernando Cab: Pero el predicador, es un creyente, y el pastor también es un creyente, osea que independientemente que sea un predicador, o pastor, primero tuvo que ser creyente.
Respuesta: no se discute que “un predicador” es “creyente”, pero también es verdad que no todo “creyente” es “un predicador”, ¿verdad? Ahora, aunque también es verdad que “un predicador” primero tuvo que ser “creyente”, y según su criterio, eso no cambia la verdad de que Campbell no buscó a un “creyente”, sino a un “predicador”, a un “pastor”.
A continuación, voy a realizar una serie de comentarios sobre este nuestro intercambio, y a señalar otros errores que podemos encontrar en las declaraciones de Fernando David Cab. Espero que esto abone a la cuestión que nos ocupa.
En la controversia sobre la llamada “cuestión del bautizador”, algunos han querido presentar la experiencia de Alexander Campbell como una prueba histórica de que no cualquiera puede bautizar, y más concretamente, de que Campbell tuvo cuidado de no hacerse bautizar por un “incrédulo”, sino por un “creyente”. A primera vista, el argumento parece tener algo de peso, pero cuando se lo examina con paciencia, se desmorona como una pared levantada con lodo suelto. Tiene apariencia de solidez, pero no la sustancia. Su fuerza está en la impresión que produce, pero no en la lógica que lo sostiene.
El hecho histórico básico es sencillo. Campbell fue bautizado por Matthias Luce, un predicador bautista. Eso es verdad. También es verdad que el episodio ocurrió en el contexto de una reconsideración seria del bautismo infantil y de la inmersión como forma bíblica. Y también es verdad que Campbell quiso que aquello se realizara de cierta manera, bajo ciertas condiciones, y sin someterse a las exigencias sectarias del bautismo bautista de su tiempo. Todo eso puede concederse sin dificultad. Pero de ahí no se sigue la conclusión que Fernando Cab quiere imponer. Y ese es precisamente el corazón del problema. El argumento no prueba lo que pretende probar.
Fernando Cab pregunta por qué Campbell buscó a un predicador bautista para que lo bautizara, e inmediatamente deja caer la insinuación de que, por tanto, Campbell creía que no cualquier persona debía bautizar. Luego intenta reforzar esa intuición apoyándose en el verbo “oficiar”, en su etimología latina, y en toda una nube de asociaciones con “oficio”, “función”, “cargo”, “autoridad espiritual” y “persona autorizada”. El problema es que aquí ya comenzó la fuga del argumento. Una cosa es describir cómo se habló del acto en un documento histórico, y otra muy distinta convertir esa descripción en una norma divina universal. Pasar de una palabra narrada a una doctrina obligatoria es un salto que no tiene puente. Es un non sequitur. Que alguien “oficie” un acto no demuestra que Dios haya legislado una clase exclusiva de administradores válidos para ese acto.
Peor aún, el razonamiento de Fernando Cab incurre en una falacia de equivocación. Empieza hablando de “no cualquier persona”, luego desliza esa idea hacia “no un incrédulo”, y finalmente la hace descansar en “un creyente”. Pero esas categorías no son idénticas. “No cualquier persona” no equivale automáticamente a “solamente un creyente”. Y “un creyente” tampoco equivale a “un predicador”. En su argumento, los términos cambian de ropa mientras el lector está distraído, y luego se pretende que siguen siendo el mismo término. No. Ahí hay cambio de categoría, y cuando cambia la categoría, cambia la conclusión.
Ahora bien, si alguien quiere usar la experiencia de Campbell como prueba de que “no cualquiera” puede bautizar, entonces debe aceptar todas las implicaciones de la propia historia que está invocando. Y la historia no dice que Campbell buscó simplemente a “un creyente”. Dice que buscó a un predicador bautista, Matthias Luce. Una fuente biográfica resume precisamente que Campbell “engaged services of Mr. Luce”[1], y otra añade que para encontrar a alguien que bautizara a los Campbell “sobre una simple confesión de fe”, sin exigir relato de experiencia, hallaron a Matthias Luce, un predicador bautista. Luego, si de ese hecho histórico se va a extraer una norma, la norma no sería “debe ser un creyente”, sino “debe ser un predicador bautista”, o al menos “debe ser un predicador”. Ahí es donde la tesis de Fernando Cab se viene a los suelos. Porque él quiere tomar de la historia solo lo que le conviene y descartar lo que le estorba. Quiere usar a Campbell para excluir al “incrédulo”, pero no quiere dejar que Campbell excluya también al “creyente ordinario”. Quiere quedarse con una parte del dato y mutilar la otra. Eso no es razonar. Eso es seleccionar evidencia con pinzas, como quien busca oro y arroja el mineral entero al río porque pesa demasiado.
Cuando Fernando Cab responde que “el predicador es un creyente, y el pastor también es un creyente”, no está resolviendo la objeción. Está evadiéndola. Porque nadie discute que un predicador sea creyente. La cuestión real es otra, porque no todo creyente es predicador. Luego, si Campbell escogió a un predicador, el ejemplo histórico no autoriza por sí mismo la categoría más amplia de “cualquier creyente”. Esta maniobra de Fernando incurre en una falacia de inclusión ilegítima. Toma una subclase, “predicador”, y asume que lo ocurrido con esa subclase prueba automáticamente algo respecto de toda la clase mayor, “creyentes”. Pero eso no se sigue. Que todo predicador sea creyente no significa que todo lo que se hace con un predicador pueda hacerse, según la misma lógica, con cualquier creyente. Sería como decir que, porque un juez es hombre, entonces cualquier hombre puede dictar sentencia. La barba no concede tribunal.
Además, el argumento incurre en generalización apresurada. Parte de un caso singular, en una coyuntura histórica muy específica, y lo transforma en regla universal. Pero una biografía no es un mandamiento divino. Un ejemplo histórico no se vuelve automáticamente ley. Mucho menos cuando el propio ejemplo no viene acompañado por una declaración doctrinal de Campbell diciendo que el bautismo sería inválido si lo practicara otra clase de persona. Lo que las fuentes muestran es que Campbell quería ser sumergido conforme al patrón neotestamentario, sin experiencia sectaria y no para entrar en la iglesia bautista, sino en Cristo. Eso muestra preocupación por el significado y las condiciones confesionales del acto, no una legislación inspirada sobre una ontología sacerdotal del bautizador.
Aquí también se ve otra falacia, la de argumento desde el silencio. Fernando Cab dice, en esencia, que si Campbell hubiera creído que cualquiera podía bautizar, entonces su padre o alguno de los que estaban con él lo habría bautizado. Pero eso es pura conjetura psicológica. No es evidencia. No tenemos derecho a fabricar una doctrina con lo que Campbell no hizo, cuando no poseemos una declaración donde él establezca que el no hacerlo obedeció a una ley divina sobre la identidad del bautizador. Tal razonamiento pretende llenar los silencios de la historia con el yeso de la imaginación. Y todavía hay más. El uso de la etimología de “oficiar” es un recurso retórico aparente, pero argumentativamente débil. Las palabras tienen etimología; pero la doctrina no se establece por genealogía lexical sino por uso contextual y proposición demostrable. Se puede hacer desfilar al latín, vestirlo de toga y ponerlo a hablar con voz grave, pero eso no convierte una descripción histórica en una orden eclesiástica. La etimología, usada así, funciona como humo de incienso intelectual, perfumando el argumento, mientas lo mata en el proceso.
En realidad, nuestro intercambio deja al descubierto una inconsistencia fatal en la doctrina de la “clase de bautizador”. Si sus defensores quieren usar ejemplos históricos para establecer una restricción, entonces deben ser coherentes y aceptar toda la restricción que el ejemplo implicaría. Si Campbell prueba algo en esa línea, probaría demasiado para ellos. Probaría, no simplemente que no debe bautizar un incrédulo, sino que tampoco basta un creyente cualquiera, sino un predicador. Y si ellos no están dispuestos a aceptar esa consecuencia, entonces han admitido, aunque sea a regañadientes, que el ejemplo histórico no basta para establecer la norma que quieren. Dicho de otro modo, su argumento es un arma que se les dispara en la mano. Si lo aprietan con fuerza, termina negando su propia posición intermedia. Porque ellos no quieren decir que debe bautizar solo un pastor o predicador ordenado. Quieren decir algo más flexible, “un creyente”. Pero Campbell no buscó meramente “un creyente”. Buscó a Matthias Luce, un predicador bautista. De modo que la experiencia de Campbell no calza bien con la tesis que quieren probar. La usan porque les parece cercana, pero en realidad les queda grande en unos lados y estrecha en otros.
El fondo del asunto es este. Aun concediendo que Campbell prefirió ser bautizado por un predicador, de esa preferencia histórica no se sigue un mandato divino universal. Y si alguien insiste en extraer una regla de ahí, entonces debe cargar con toda la regla, no con la mitad que le conviene. No puede decir que “Campbell demuestra que no fue un incrédulo” y luego negarse a admitir que el mismo Campbell demostraría, bajo la misma lógica, que tampoco fue cualquier creyente, sino un predicador. Querer ambas cosas al mismo tiempo es querer comer pan y conservar intacta la hogaza.
La conclusión es clara. El recurso al caso de Alexander Campbell no prueba la doctrina de que debe existir una “clase” especial de bautizador. Lo único que prueba con certeza es un hecho histórico particular, en una circunstancia particular, con una persona particular. La inferencia adicional, la que pretende convertir esa historia en ley, está sostenida por equivocaciones, silencios explotados, generalizaciones apresuradas y una selección interesada de los datos. Campbell no sirve aquí como fundamento doctrinal, sino como espejo que delata la inconsistencia del argumento adversario.
Y todavía puede añadirse una observación final que deja al descubierto otra ironía de toda esta discusión. Yo no recuerdo si alguna vez le he llamado a Campbell “hermano” o “cristiano”. Eso, en este punto, ni siquiera es lo central. Lo que sí sé es que hoy muchos de los que hablan con tanta seguridad sobre quién puede o no puede bautizar, y muchos que se llaman a sí mismos “hermanos” o “cristianos”, deben en gran medida su existencia histórica, doctrinal o restauracionista a la obra que Campbell y otros hombres de su época realizaron. Luego, resulta por lo menos llamativo querer usar selectivamente su caso para imponer una teoría que el propio caso no demuestra, mientras al mismo tiempo se bebe, consciente o inconscientemente, del cauce histórico que aquellos hombres ayudaron a abrir. Es una manera muy extraña de apelar a una herencia, usarla cuando conviene y mutilarla cuando estorba.
Al final, el problema de fondo permanece intacto. Quieren usar a Campbell para probar que no debía bautizar “cualquiera”, pero cuando se les hace ver que Campbell no buscó simplemente a “un creyente”, sino a un predicador, entonces ensanchan artificialmente la categoría para salvar su conclusión. Y cuando se les muestra que, bajo esa misma lógica, su argumento terminaría exigiendo no cualquier creyente, sino una figura más específica, entonces retroceden y se refugian en términos más amplios. Así, su postura no descansa en una regla bíblica clara, ni en una inferencia histórica legítima, sino en una elasticidad argumentativa que se estira o se encoge según la necesidad del momento. Y un argumento que cambia de tamaño para no morir, ya venía enfermo desde el principio.
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[1] “contratamos los servicios del Sr. Luce”.
