La presente refutación no tiene como propósito defender la tesis de que un no cristiano puede o debe bautizar. Esa no es nuestra postura. El objetivo ha sido, desde el inicio y sin desviaciones, exhibir el error fundamental de una doctrina que afirma que la Biblia manda cierta clase de bautizador, específicamente que el bautismo solo es válido si es administrado por “un cristiano”.
Este punto es crucial. La controversia no gira en torno a la necesidad de un bautizador. Evidentemente, sin bautizador no hay bautismo. La cuestión es si la Escritura legisla la clase del bautizador. Y la respuesta, tras un análisis riguroso, es que no lo hace. Todo el edificio doctrinal del detractor se levanta sobre una premisa que jamás es enseñada por el texto bíblico.
A lo largo de esta refutación se ha demostrado que el detractor incurre en una confusión sistemática entre narración y legislación. Los textos que él presenta como “ejemplos normativos” no muestran a “cristianos ordinarios” bautizando, sino a individuos con funciones ministeriales claras y específicas, tales como profetas, apóstoles, evangelistas y maestros. Felipe no es presentado como “un cristiano cualquiera”, sino como evangelista. Pablo y Pedro no aparecen como simples creyentes, sino como apóstoles. Ananías no actúa como un discípulo común, sino como un hombre comisionado directamente por revelación divina, con rasgos proféticos evidentes. El detractor mutila el texto, elimina estas características y conserva solo una, la que conviene a su tesis.
Además, se ha mostrado que su argumento se autodestruye por inconsistencia lógica. Si la validez del bautismo depende de la clase de bautizador, entonces él mismo queda obligado a demostrar que quien lo bautizó cumplía con ese requisito. No basta con afirmar una regla; hay que probar que fue observada. Su doctrina, lejos de dar seguridad, introduce incertidumbre permanente y convierte la salvación en una cadena de verificaciones imposibles.
También se han señalado falacias reiteradas, tales como hombres de paja, falsas dicotomías, apelaciones emocionales, ad hominem indirectos, reducciones al absurdo mal aplicados y silencios legislativos convertidos arbitrariamente en prohibiciones.
Finalmente, se ha evidenciado que la doctrina del “bautizador cristiano” no solo carece de respaldo bíblico, sino que es una innovación sectaria que genera división innecesaria, impone cargas donde Dios no las puso y termina colocando al detractor en el mismo terreno que aquellos a quienes dice combatir. No es una defensa de la verdad, sino una construcción humana sostenida por falacias, retórica emotiva y una lectura selectiva de las Escrituras.
La conclusión es clara. La Biblia manda el bautismo, define su propósito, su elemento y su sujeto, pero guarda silencio legislativo sobre la clase del bautizador. Donde Dios no legisló, nadie tiene autoridad para legislar. Pretender hacerlo no es celo por la verdad; es usurpar la prerrogativa divina. Y ese es, precisamente, el error que ha sido expuesto.
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