Hay silencios que pesan más que mil discursos. Cuando una doctrina es confrontada con Escritura, lógica y coherencia, y sus promotores no responden, ese silencio no es prudencia, es derrota. Las enseñanzas del detractor y falso maestro Fernando Mata y sus discípulos sobre su doctrina falsa sobre el bautizador pertenecen a esa categoría. Han sido expuestas con amplitud, y desde entonces, no han sido refutadas, ni corregidas, ni siquiera aclaradas. El motivo es evidente, pues el edificio doctrinal que defienden no se sostiene cuando se le retira el andamiaje de las suposiciones.
La piedra angular de su error es la afirmación de que Dios exige una clase determinada de bautizador para que el bautismo sea válido. No basta con que el pecador crea, se arrepienta y obedezca el mandamiento de bautizarse. Según ellos, además, debe ser sumergido por un cristiano. Esta idea, repetida con tono dogmático, carece de algo esencial, es decir, de respaldo bíblico explícito. No hay mandamiento, no hay texto directo, no hay inferencia necesaria. Solo hay construcciones humanas.
En nuestra defensa del evangelio bíblico, hemos demostrado con claridad que no se niega la necesidad de un bautizador. Eso sería absurdo. Todo bautismo requiere agua y un agente que sumerja. Lo que se rechaza es la clasificación obligatoria del bautizador, como si su estado espiritual, género o función eclesial fueran parte del plan de salvación. Esa distinción es crucial, y quienes la ignoran terminan legislando donde Dios no legisló.
Uno de los recursos más usados por estos falsos maestros es la analogía con la cena del Señor. Dicen que, así como no puede celebrarse la cena sin los elementos correctos, tampoco puede haber bautismo sin el bautizador “correcto”. Tal comparación es una falacia analógica. Los elementos de la cena están especificados explícitamente por Cristo y representan realidades redentoras. La clase del bautizador, en cambio, jamás es especificada como mandada por Dios. Transferir las restricciones de los elementos de la cena del Señor a la calidad del agente humano es un error lógico elemental. No hay factor común entre ambas cosas.
Otro pilar de su error es el famoso “ejemplo bíblico aprobado”. Se afirma que, como en la Biblia siempre vemos cristianos bautizando, ese hecho establece la voluntad de Dios respecto a quién puede bautizar. Hemos refutado esta idea con toda precisión bíblica y lógica. El texto bíblico no dice “cristianos” bautizando. Más bien muestra apóstoles, evangelistas, hombres enviados, predicadores reconocidos. La categoría “cristiano” es una generalización posterior, no una designación textual.
Aquí el error se vuelve fatal para su propia tesis. Si el ejemplo bíblico debe respetarse, entonces no serían cristianos ordinarios los que bautizan hoy, sino apóstoles y evangelistas comisionados mediante imposición de manos. Felipe, a quien tanto citan, no era un cristiano cualquiera. Era varón, de buen testimonio, lleno del Espíritu Santo y de sabiduría, previamente aprobado por los apóstoles. Convertirlo en patrón implica elevar el estándar a un nivel que ni los mismos promotores pueden cumplir. Su propio criterio los condena.
El libro muestra además que el “ejemplo bíblico aprobado” fracasa por dos leyes básicas de la interpretación, es decir, la ley de la uniformidad y la ley de la aplicación universal. Si una característica es obligatoria, debe aparecer de manera uniforme y poder aplicarse a todos los casos. Pero la Biblia muestra variación en los agentes del bautismo, y nunca presenta la calidad del bautizador como requisito para la salvación. La variación anula la obligatoriedad. El silencio impide la legislación.
Hay, además, un absurdo práctico que estos maestros evitan enfrentar. Si la salvación depende de ser bautizado por un cristiano, entonces habría que verificar una cadena ininterrumpida de bautismos válidos hasta los apóstoles. Nadie puede hacer eso. La consecuencia es un evangelio de incertidumbre, donde la fe del creyente queda subordinada a la biografía del bautizador. Eso no es el evangelio de Cristo. Es un escrúpulo sectario.
Hemos expuesto la estrategia retórica de estos falsos maestros, quienes son expertos en fabricar hombres de paja. Se acusa falsamente a otros de enseñar que “cualquiera puede bautizar”, cuando lo que se ha dicho es que la salvación no depende de la clase del bautizador. No es lo mismo. Mutilar enunciados, alterar precisiones y luego atacar la caricatura resultante no es apologética, es deshonestidad.
Finalmente, el argumento queda reducido a su esencia, pues hemos expuesto lo que del plan de salvación Dios sí incluyó, es decir, la fe en Cristo y la obediencia al evangelio, donde los falsos maestros introducen en él lo que Dios nunca puso, o sea, la calidad espiritual del bautizador. Se cuela el mosquito y se traga el camello. Se confía más en el hombre que sumerge que en la sangre que redime.
Lo importante, es que, con nuestra obra, hemos tapado la boca de los falsos maestros. No porque se haya gritado más fuerte, sino porque el error fue expuesto hasta quedarse sin palabras. Cuando una doctrina no puede responder a la Escritura, cuando no puede sobrevivir a la lógica, y cuando solo se sostiene repitiéndose, su silencio final es su confesión más honesta. A estos falsos maestros, como a su promotor estrella, no les queda de otra que “defender y objetar en secreto”, donde nuestro trabajo de probar y analizar sus argumentos no esté a nuestro alcance. Lo ocultan, lo distribuyen a ciertos elegidos, porque saben que, de ser expuestos sus argumentos, entonces no será nada difícil para nosotros refutar todas y cada una de sus declaraciones. Dicen que han refutado todo argumento, pero no lo hacen público, porque no quieren que nuestra defensa derrumbe toda su propaganda sectaria. Pero, si no temen la investigación, entonces que hagan público sus “clases”, para que pasen la prueba. ¿Temen o no temen a la investigación? Si fuese verdad, no deberían de temer, y entonces la harían accesible, pero mientras no lo hagan, entonces eso de que “la verdad no teme ser examinada”, es puro cuento. Su boca seguirá tapada, para hablar solamente donde nuestra defensa no pueda llegar.
